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¿Más Salud o más Bienestar? (1): Las trampas del bienestar

Esta entrada contiene la primera parte de la conferencia que impartí en las IX Jornadas de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el estrés celebradas en el CaixaFòrum de Madrid el 26 de junio de 2026 (1)

¿Vivimos una epidemia de malestar emocional?

La respuesta dominante parece ser que sí (Figura 1). La salud mental se ha convertido en una de las principales preocupaciones sanitarias y existe abundante evidencia de que la salud mental ha empeorado más que los problemas de salud física, especialmente entre los adultos jóvenes (Figura 2). Ante esta situación suelen proponerse tres explicaciones.

Figura 1. La salud mental es la principal preocupación de salud en el mundo.
Figura 2. Evolución de la salud mental (rojo) y física (azul) entre 2016 y 2024 por franjas de edad.

La teoría de la visibilización

Según esta perspectiva, no estamos ante nuevas patologías sino ante problemas que siempre existieron pero que antes eran infradiagnosticados. La salud mental interesa más, se investiga más y se registra mejor.

La teoría de la patologización

Aquí la explicación es distinta: cada vez consideramos problemas de salud mental situaciones que antes eran interpretadas como dificultades normales de la vida. Los criterios diagnósticos se vuelven más laxos y aparecen nuevas etiquetas para conductas que anteriormente formaban parte de la variabilidad normal (Figura 3).

Figura 3. Evolución del diagnóstico de autismo entre 2000y 2016 la tasa de diagnósticos de autismo grave o moderado se mantiene constante, los ligeros o mínimos, se disparan.

La teoría socioeconómica

La vieja hipótesis de Brenner (2), actualizada al siglo XXI, plantea que el deterioro de las condiciones socioeconómicas aumenta el estrés, la ansiedad y otros problemas psicológicos que repercuten tanto en la salud mental como en la física y en la mortalidad. Aplicada a la actualidad, la precariedad, la incertidumbre y las dificultades vitales de los más jóvenes serían responsables de buena parte del fenómeno (Figura 4)

Figura 4.- Tasa de trastornos mentales en función del estado laboral. Fuente: Encuesta Nacional de Salud de España, 2017

Probablemente hay algo de verdad en las tres explicaciones. Pero, en mi opinión, existe un cuarto factor del que hablamos poco: un profundo cambio cultural en torno al valor que otorgamos al bienestar y al malestar. Ese es el elefante que se encuentra en medio de la consulta del psicólogo y que todos fingimos no ver. El bienestar subjetivo ha pasado a estar por encima de las necesidades objetivas y materiales, al menos en las sociedades más prósperas y favorecidas.

El territorio olvidado entre la salud y la enfermedad

Cuando analizamos conjuntamente datos sobre salud mental provenientes de especialistas en psicología clínica, de la atención primaria o de estudios sobre salud ocupacional aparece una realidad interesante. En la Figura 5 se ve que según los datos de Sanidad las personas con una incapacidad temporal debida a una enfermedad mental diagnosticada por un especialista son del 3% en hombres y el 4% en mujeres y el diagnóstico de enfermedades mentales por especialistas es del 7 y el 14%, en mujeres y en hombres respectivamente, considerable pero no es una epidemia.

Cando examinamos la atención primara en la asistencia pública, hay un 14% de hombres y 24% de mujeres que manifiestan quejas compatibles con un trastorno mental y el médico de familia, aunque no lo diagnostica, deja constancia en la historia clínica. Cuando se trata de psicofármacos vemos incluso que se medican más personas que las diagnosticadas como enfermas mentales. Las cifras sobre malestar emocional de la figura 5, son datos estimados de malestar en trabajadores tanto de empresas de servicios o industriales, docentes, sanitarios y estudiantes universitarios, a partir de las investigaciones de nuestro grupo (El grupo de Investigación y estrés de la UAB) y superan, de largo, la cantidad de personas que acuden a la sanidad por problemas de salud mental.

Figura 5.- Elaboración propia a partir de la Encuesta Nacional de Salud ENSE, los registros clínicos de atención primaria y  estudios GIES.

Mi impresión es que los trastornos mentales graves e incapacitantes existen y tienen una prevalencia relevante, pero relativamente estable. Lo que parece haberse disparado en los últimos años no son tanto las enfermedades más graves sino las manifestaciones de malestar emocional. Existe un enorme territorio situado entre la salud plena y el trastorno mental incapacitante y ese territorio y ese territorio es el malestar.

Y creo que es precisamente ahí donde encontramos el gran cambio de las últimas décadas, especialmente entre jóvenes y mujeres. Conviene aclarar algo importante: grave no significa importante. Significa incapacitante y, por tanto, prioritario desde el punto de vista sanitario. Todos los problemas de salud son importantes para quien los sufre. El problema es que actualmente tendemos a agrupar bajo la etiqueta de «salud mental» realidades muy distintas: desde trastornos psicológicos diagnosticados hasta formas inespecíficas de malestar emocional. Mezclar ambos fenómenos dificulta comprender el problema y puede conducir a una asignación ineficiente de recursos. Los sistemas sanitarios tienen la obligación de priorizar y distinguir qué intervención necesita cada persona. Empaquetar conjuntamente enfermedad mental y malestar emocional puede tener el efecto de diluir la atención a los trastornos más necesitados.

El origen del problema: la definición de la OMS

Una parte de esta confusión puede remontarse a la conocida definición de salud de la OMS de 1948 que se muestra a continuación:

La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad

Preamble to the Constitution of the World Health Organization as adopted by the International Health Conference, New York, 19-22 June 1946; signed on 22 July 1946 by the representatives of 61 States (Official Records of the World Health Organization, no. 2, p. 100) and entered into force on 7 April 1948.

En su contexto histórico, la definición tenía mucho sentido. El mundo acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial. Hablar de bienestar significaba disponer de agua potable, educación, vivienda digna o condiciones básicas de vida. Era una declaración política tanto como sanitaria. No tenía sentido que los enfermos fueran curados en un hospital para volver luego a un entorno insalubre. Esta definición de salud quería proclamar que la salud no es solo cosa de médicos que curan las enfermedades, sino de toda la sociedad que se debe implicar en la prevención de la enfermedad y en el mantenimiento de la salud.

Cuando el bienestar sustituye a la salud

Pero el mundo ha cambiado y hoy el bienestar ya no lo define una administración o unos expertos a partir de datos sobre condiciones mínimas objetivas. Lo define cada individuo según sus propios criterios y eso tiene consecuencias. Tomar literalmente la definición de la OMS e identificar salud con bienestar eleva enormemente el listón para considerarnos sanos. Y como han señalado autores como Allen Frances o Richard Smith (3), esto genera varios problemas:

  • Convierte a gran parte de la población en personas con una salud supuestamente deficiente por no tener un bienestar pleno.
  • Amplía indefinidamente el número de usuarios de derecho del sistema sanitario.
  • Convierte a toda la población en clientes potenciales de ofertas de sanidad privada.
  • Alimenta mercados privados orientados a vender bienestar disfrazados de salud (estética, fitness, etc.)
  • Favorece la confusión entre terapias y pseudoterapias.
  • Diluye la importancia de los trastornos más graves.
  • Genera nuevas necesidades subjetivas de bienestar difíciles de satisfacer.

La actual epidemia de malestar emocional tiene mucho que ver con esta identificación entre malestar y problema de salud. Y, por qué no decirlo, con una cierta dictadura del bienestar y de la subjetividad.

¿Qué entendemos realmente por bienestar?

En el lenguaje normal y corriente, “bienestar” es el estado de “estar bien” y “malestar” el estado de “estar mal”. No tiene un referente externo, objetivo, es un concepto circular o autoevidente. Son conceptos profundamente subjetivos. Por eso, el único que puede afirmar si tiene bienestar o no es el propio individuo.

El problema es que la palabra bienestar se ha convertido en lo que Ernesto Laclau llamaba un significante vacío (4): un término cargado de connotaciones positivas pero muy poco preciso, sin un contenido definido, porque cada persona entiende algo distinto cuando habla de él (Figura 6). Hay que darse cuenta de que es muy peligroso convertir un concepto tan indeterminado en un término técnico integrado en la atención sanitaria. Un médico no habla de trancazo; ese es un término coloquial. Un médico habla de neumonía bilateral o de cuadro vírico, conceptos precisos que delimitan un conocimiento experto y establecen una distancia entre el lenguaje profesional y el lenguaje común. Con el bienestar no ocurre eso. Como no existe una definición clara y compartida, cualquier persona puede presentarse como experta en la materia. Así, una profesora de zumba o una peluquera pueden reivindicar cierto papel similar al de una psicóloga, apelando a su experiencia personal o profesional en aquello que consideran que contribuye al bienestar.

En realidad el bienestar es un concepto vacío, a todo el mundo le gusta pero cada uno lo define de una forma diferente según su punto de vista.

Los psicólogos intentamos darle una definición más rigurosa. Algunos adoptan una perspectiva hedónica y define bienestar como una experiencia afectiva agradable; otros una visión eudaimónica relacionando bienestar con el desarrollo personal, el sentido vital o la autorrealización. Sin embargo, más allá de estas diferencias, conviene recordar algo fundamental: el bienestar no es una realidad objetiva que podamos observar directamente; por el contrario, es tan sólo una valoración.

Una propuesta sencilla

Mi propuesta es entender el bienestar y el malestar como juicios evaluativos. No son sustancias, ni estados independientes de la conciencia. No son materiales. El malestar y el bienestar son valoraciones que realizamos sobre nuestra situación y nuestro estado a partir de múltiples referencias: nuestro pasado, otras personas, nuestras expectativas o lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Esencialmente, estos juicios son siempre comparativos. Kahneman y Tversky mostraron hace décadas que las personas evaluamos la realidad utilizando puntos de referencia. No juzgamos de forma absoluta, sino relativa (5). Por eso la valoración del bienestar y el malestar es algo cambiante e influenciable por el entorno social y especialmente por la comparación social entre personas (6). Una misma persona puede manifestar malestar o bienestar en función de quien se lo pregunte y en que contexto se lo pregunte.

Bienestar y malestar no son las dos caras de la misma moneda

Otro error frecuente consiste en pensar que bienestar y malestar son extremos opuestos de una misma dimensión y no es así. El bienestar y el malestar son dimensiones distintas que se pueden evaluar simultáneamente. El bienestar es bipolar: podemos encontrarnos en diferentes grados entre sentirnos muy bien y nada bien. El malestar, en cambio, es un fenómeno unipolar: podemos sentir mucho malestar o no sentirlo, pero no experimentar malestar no implica automáticamente sentirse bien. Sino solamente no estar mal. En terapia esto se observa constantemente. Mientras que el paciente suele querer eliminar el malestar, el psicólogo intenta construir bienestar. Y son procesos relacionados, pero no idénticos.

El malestar como señal, no como problema

Tanto el bienestar como el malestar funcionan como indicadores. El bienestar nos dice que algo funciona razonablemente bien y que conviene mantenerlo. El malestar nos advierte de que algo requiere atención, que algo se debería cambiar. Pero aquí aparece una trampa habitual: confundir el indicador con la realidad que señala. El malestar señala que existe un problema, pero no es necesariamente el problema. Si nos obsesionamos con eliminar el malestar sin comprender qué lo provoca, acabamos mirando el dedo en lugar de la luna. Sería un error confundir el dedo con la luna y dedicar todos nuestros esfuerzos a cambiar el indicador en lugar de aquello que está indicando.

Las trampas del bienestar

Llegados a este punto, podemos entender mejor en qué consiste la versión más depurada de la dictadura del bienestar. Su primera trampa aparece cuando asumimos que cualquier forma de malestar individual justifica automáticamente una intervención sanitaria. La segunda surge cuando identificamos, sin más, el bienestar subjetivo con la salud mental, como si ambas cosas fueran equivalentes. El problema es que no lo son.

De hecho, existen numerosos trastornos psicológicos en los que la búsqueda de bienestar inmediato acaba produciendo un malestar mucho mayor a largo plazo. Las adicciones son el ejemplo más evidente, pero también ocurre en los trastornos de la conducta alimentaria o en la mayoría de las conductas antisociales. En todos estos casos, las personas afectadas disponen de estrategias que les permiten reducir su malestar de forma rápida y eficaz. El problema no es que carezcan de recursos para encontrarse mejor, sino que los recursos que utilizan para sentirse bien terminan generando más daño que beneficio, tanto para ellas como para quienes las rodean. Precisamente por eso suelen tardar en pedir ayuda.

También observamos fenómenos aparentemente paradójicos. Por ejemplo, las personas universitarias —principalmente mujeres— que se apuntan a talleres de regulación emocional, gestión del estrés o técnicas de relajación suelen presentar mejores indicadores de salud mental que la media del alumnado (7). Dicho de otra manera, quienes buscan ayuda no son necesariamente quienes están peor. En muchos casos sucede justo lo contrario. Reconocer las propias dificultades y solicitar apoyo requiere un nivel de conciencia y de autorregulación que, en sí mismo, puede interpretarse como un indicador de buena salud mental.

Mientras tanto, encontramos numerosos hombres jóvenes que aseguran encontrarse perfectamente, no necesitar ayuda psicológica y tenerlo todo bajo control. Pero la ausencia de queja no implica necesariamente ausencia de problemas. A veces, quienes más necesitan apoyo son precisamente quienes menos lo demandan. La negación del malestar puede ser, en determinadas circunstancias, más preocupante que su expresión abierta (8)

Por eso conviene distinguir entre sentir malestar y tener un problema de salud mental. No son la misma cosa. El malestar puede ser una señal de adaptación, de conciencia o incluso de madurez. Del mismo modo, la ausencia de malestar no siempre es un indicador de salud.

Esta confusión resulta especialmente visible cuando salimos del ámbito sanitario. Pensemos en la educación. El objetivo principal de una escuela no es que el alumnado se sienta bien, sino que aprenda y se desarrolle. Evidentemente, un cierto nivel de bienestar favorece el aprendizaje, igual que el sufrimiento intenso puede dificultarlo. Pero el bienestar cumple aquí una función instrumental: ayuda a alcanzar un objetivo más amplio, no constituye el objetivo en sí mismo.

Algo parecido sucede en las organizaciones. Promover el bienestar laboral es deseable por razones éticas y también porque mejora el funcionamiento de las empresas. Sin embargo, las empresas no existen para generar bienestar, sino para alcanzar determinados fines productivos, sociales o económicos. El bienestar contribuye a esos fines, pero no los sustituye.

Lo mismo ocurre en la vida comunitaria. Los objetivos fundamentales son la convivencia, la cooperación y la participación en proyectos compartidos. El bienestar facilita todo ello, pero no puede convertirse en el único criterio desde el que juzgamos la realidad social.

La dictadura del bienestar comienza precisamente cuando olvidamos esta diferencia. Cuando dejamos de considerar el bienestar como una condición que facilita otros bienes y empezamos a tratarlo como el fin último de toda acción humana. En ese momento, cualquier experiencia desagradable parece una patología, cualquier frustración exige reparación y cualquier incomodidad se convierte en un problema sanitario. Y es entonces cuando empezamos a perder de vista qué significa realmente estar sano.

Conclusiones

Creo que ha quedado clara mi posición: no se debe confundir salud con bienestar. Pero entonces nos debemos preguntar ¿Qué es la salud? Esto lo trataré en la próxima entrada de este blog, en la que expondré la segunda parte de mi conferencia en las IX Jornadas de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés

Notas.

1.- He tratado el tema de la Salud y el Bienestar en diversas entradas de este blog: https://jfernandezcastro.com/?p=877

2.- La relación entre las fluctuaciones de la Economía de un país y el estado de salud física y mental de la población está acreditado desde hace tiempo:

M. Harvey Brenner. MORTALITY AND THE NATIONAL ECONOMY: A REVIEW, AND THE EXPERIENCE OF ENGLAND AND WALES, 1936-76. The Lancet, 314, Issue 8142, 1979. 568-573. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(79)91626-X.

3.- Dos artículos clave sobre el tema:

Huber M, Knottnerus J A, Green L, Horst H v d, Jadad A R, Kromhout D et al. How should we define health? BMJ 2011; 343 :d4163 doi:10.1136/bmj.d4163

Batstra L and Frances A (2025) Diagnosing the context is as important as diagnosing the individual. Front. Psychiatry 16:1698878. doi: 10.3389/fpsyt.2025.1698878

4.- Ver la entrada de este mismo blog: ¿Importan las palabras o importan los conceptos? Una reflexión sobre el lenguaje y el poder

5.- Daniel Kahneman es el famoso psicólogo premio Nobel en Economía, del que ya hemos hablado en otras entradas de este blog, se puede consultar este interesante artículo sobre su modelo de preferencias en función de diferentes marcos de comparación:  Kahneman, D., & Tversky, A. (1982). The psychology of preferences. Scientific American, 246(1), 160–173. https://doi.org/10.1038/scientificamerican0182-160.

6.- El tema de la comparación social lo he tratado aquí: ¿Por qué son odiosas las comparaciones?

7.- Este curioso dato se lo debo a mi colega el Dr Toni Sanz, miembro del grupo de trabajo de seguimiento de la salud mental en las universidades catalanas.

8.- El tema de la salud mental masculina lo he tratado aquí: Terapia para machotes sensibles

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