Se suele afirmar que las palabras importan mucho porque crean marcos mentales, funcionan como instrumentos de poder —capaces de coaccionar o persuadir— y dictan la acción (1).
Pensemos por ejemplo en las siguientes expresiones: cambio, crisis o emergencia climática; las tres se refieren al mismo hecho objetivo: el aumento sostenido de la temperatura media del planeta en los últimos años. Las tres son apropiadas, pero naturalmente no es lo mismo usar una que otra. Cambio invita a contemplar, crisis a preocuparse y emergencia a actuar (2). Parece que las palabras importan y no es de extrañar que haya polémicas y auténticas luchas por imponer ciertas palabras y por erradicar otras en el terreno de los medios de comunicación, en la política, en el arte y en la cultura. Pero el hecho de que las palabras creen “realidad” no significa que la realidad esté formada sólo por palabras, de igual manera que todos los perros son animales, pero no todos los animales son perros. Lo diré de otra manera, claro que las palabras importan, pero cambiar las palabras no cambia necesariamente la realidad. En las redes sociales, la idea de que cambiando las palabras se modifica el mundo ha alcanzado extremos absurdos: se censuran palabras prohibidas de forma automatizada, ignorando el contexto. Para burlar estos algoritmos, los usuarios recurren a sustituciones (como decir «violín» en lugar de «violación»); los humanos captan la ironía, pero las máquinas no.

¿Palabra o concepto?
Ahora, voy a plantear una tesis contraria: las palabras son solo etiquetas; lo que realmente importa son los conceptos Las palabras en sí mismas son neutras; quienes no son neutras son las personas que las utilizan. Las palabras son en realidad envoltorios de conceptos que cambian con el tiempo, que van y vienen, que se desgastan por el uso o que pueden incluso usarse para envolver una cosa diferente.
El ciclo del eufemismo y el insulto
Veamos un ejemplo de la primacía del concepto sobre la palabra. Cuando la realidad que se intenta nombrar es incómoda, como la discapacidad intelectual de un ser humano, se produce una oscilación entre el eufemismo, “es un poco cortito”, y el insulto, “¡subnormal!”. Para evitar tanto una denominación peyorativa como una paternalista, se acuñó subnormal, término que comenzó a utilizarse de forma oficial en España en la década de 1960. En aquel momento se adoptó como un tecnicismo respetuoso para sustituir términos despectivos como cretino, idiota u oligofrénico. Parecía una descripción objetiva (por debajo de la media), pero rápidamente se convirtió en un insulto sonoro. Es decir, la palabra puede cambiar, pero las actitudes permanecen.
Hoy, incluso decir discapacitado, el término que sustituyó a subnormal, es percibido como una ofensa, siendo el término avalado por la ONU persona con discapacidad. El problema no radica, pues, en la palabra, sino en su función gramatical: el insulto surge cuando un atributo de la persona se convierte en un sustantivo que pretende definir la totalidad de su ser, cuando se toma la parte por el todo. El problema no es la palabra sino el concepto impulsado por la intención de discriminar.
El insulto surge cuando un atributo de la persona se convierte en un sustantivo que pretende definir la totalidad de su ser, cuando se toma la parte por el todo. El problema no es la palabra sino el concepto impulsado por la intención de discriminar.
La carga peyorativa, por lo tanto, depende del uso y de la intención. Tenemos el caso de maricón, un término despectivo que el colectivo gay se ha apropiado como símbolo de orgullo en ciertos contextos. Igualmente, negro es el nombre de un color y, según el marco, puede ser descriptivo u ofensivo. ¿Deberíamos prohibir la palabra o deberíamos prohibir el insulto? Lo relevante es la función del habla: si se usa para pedir, negar, describir o agredir no la palaba se usa.
Una lista provisional de conceptos engañosos
Para no ser receptores espectadores pasivos del lenguaje, debemos identificar ciertos tipos de conceptos que se agazapan tras las palabras y que suelen ser utilizados para manipular y persuadir. Antes de empezar, solo una nota lingüística: los significantes (para entendernos, las palabras) disponen de una denotación (el significado literal del diccionario) y de connotaciones (la carga emocional que provocan). Mientras que la denotación es, en términos generales, común a todos los hablantes de una lengua, las connotaciones pueden variar entre individuos y contextos.

Vamos, ahora a ver algunos conceptos engañosos:
Los conceptos maleta
Concepto maleta es un término acuñado por Minsky en 2006 (4) para describir los conceptos en los que con una sola palabra se designan múltiples significados que, a menudo, son complejos y que están relacionados entre sí. Minksky sostenía que estas palabras son convenientes para la comunicación cotidiana, pero provocan confusión cuando se quiere profundizar o llegar a conclusiones rigurosas porque el concepto, en el fondo, carece de una definición única y precisa.
Un concepto maleta típico es el de la Inteligencia Artificial (IA). Si abrimos esa maleta nos encontramos con la robótica, el reconocimiento visual de patrones, el “machine learning”, los algoritmos de selección de contenidos, los modelos de lenguaje masivo (el chat GPT y otros) y muchas otras cosas. Si se dice, por ejemplo, “los poderes públicos deben regular el uso de la IA” tenemos una frase con un significado claro y que se entiende. Pero si alguien dice que “el dron está conducido por la IA” y otra persona dice “ese texto está escrito por la IA”, se está usando el mismo término para dos cosas diferentes, en un caso la robótica y el machine learning y en el otro los modelos masivos de lenguaje. Los modelos de lenguaje y la robótica están en la misma maleta de la IA pero no son lo mismo, si queremos ser precisos, mejor concretar y distinguir una cosa de la otra. Los conceptos maleta son útiles para resumir, pero no para analizar y reflexionar. Si queremos hacer esto último se debería deshacer la maleta y clasificar su contenido de manera rigurosa.
Otros ejemplos de conceptos maleta son la inteligencia, la política, la literatura o el deporte. Todo el mundo entiende esas palabras, pero demasiado generales para concluir algo concreto, útil o práctico.
Los conceptos vacíos
Los conceptos vacíos son términos que carecen de un significado real: no tienen un contenido denotativo objetivo. En definitiva, no quieren decir nada. En realidad, operan casi exclusivamente en el plano de la connotación: suenan bien, evocan emociones positivas y permiten que personas muy distintas se identifiquen con ellos, dando cada una el significado que más le conviene. Ernesto Laclau (1935‑2014) teorizó que los conceptos vacíos eran la base del populismo (5).
Las frases publicitarias y los lemas electorales nos ofrecen un listado interminable de conceptos vacíos y brillantes. Quizá el más memorable sea La chispa de la vida, utilizado por Coca‑Cola entre 1972 y 1982 con notable éxito. No significa absolutamente nada, pero hace que todo el mundo se sienta bien al oírlo y pueda interpretarlo como quiera. A esto se suman otros lemas como Just do it, Porque yo lo valgo, Yes, we can, Lo que importa, España en marcha, Sí se puede, y muchos más.
Estos lemas son frases vacías: provocan emociones, pero no dicen nada concreto. Cuando se habla de términos vacíos, en realidad también se usan palabras que tienen significado, pero se emplean de forma tan amplia que pretenden representar una totalidad imposible de asumir en su plenitud. Es el caso de términos como “el pueblo”, “la justicia”, “la democracia”, “el progreso” o “el cambio”. Son conceptos con los que resulta imposible no estar de acuerdo.
Los conceptos vacíos no se usan solo en la publicidad comercial o en la propaganda política. Se utilizan, en general, para persuadir. Un ejemplo en el campo del deporte sería recurrir a la expresión “el ADN del club”.
En resumen, hasta cierto punto los conceptos vacíos son lo contrario de los conceptos maleta, que se caracterizan por tener un exceso de significados.
Los conceptos zombi
Los conceptos zombi son términos cuya definición ya no encaja con la realidad actual, pero que sobreviven y siguen siendo utilizados. El término fue acuñado principalmente por el sociólogo alemán Ulrich Beck (1944‑2015) a finales de los años noventa (6).
Estos conceptos no sobreviven solamente por la inercia de su carga histórica y nostálgica, sino también porque no se han desarrollado aún alternativas mejores para explicar el mundo. Por ello, los conceptos zombi se siguen usando de forma provisional hasta ser sustituidos por otros más adecuados. Se trata de conceptos que están “muertos” —porque ya no funcionan—, pero siguen “vivos” en el uso cotidiano.
Además, existe interés en mantener estos conceptos en la medida en que ayudan al mantenimiento del statu quo. Permiten que las instituciones continúen operando bajo lógicas antiguas, aunque estas ya no encajen con la realidad. También ofrecen seguridad cognitiva, ya que proporcionan una sensación de orden y comprensión en un mundo que se ha vuelto caótico o difícil de categorizar con las reglas anteriores.
Algunos ejemplos de conceptos zombi son: clase obrera, nativos digitales, deporte amateur, No pain, no gain o corrección política. Todos ellos fueron términos vivos, potentes y descriptivos de la realidad del tiempo en el que fueron creados, pero al cambiar la circunstancias han quedado relegados.
También se habla de ideas zombi para referirse a teorías de distintos ámbitos que han sido desacreditadas por la evidencia, pero que, sin embargo, siguen teniendo defensores. Es el caso de la supuesta quema de grasa localizada, la teoría de las inteligencias múltiples o la economía planificada mediante planes quinquenales.
Los conceptos esencialmente polémicos
Los conceptos esencialmente polémicos (En inglés se dice: Essentially Contested Concept), son términos complejos cuyo uso y definición generan disputas persistentes y justificadas, ya que no existe un consenso universal sobre su significado o aplicación. Esta categoría de conceptos fue acuñada por el filósofo y científico social escocés Walter Bryce Gallie (1912 –1998) en 1956. Estos conceptos son polémicos no porque sean ambiguos o estén mal definidos sino porque su significado depende de la ideología de cada hablante. Naturalmente los conceptos esencialmente polémicos son hijos de la polarización (7).
La propia naturaleza de estos conceptos es estar en disputa permanente. Democracia, libertad, arte, identidad o proceso son ejemplos de conceptos que son interpretados de formas diferentes, o hasta opuestas, en función de la ideología o la nacionalidad o la cultura de cada hablante. En ocasiones se ponen adjetivos para diferenciar el punto de vista propio del del punto de vista de los antagonistas, como cuando se habla de la democracia auténtica o de justicia social. Algunos de estos conceptos son fruto específico de una ideología concreta y se usan como armas arrojadizas para poner en evidencia la disparidad de criterio con los adversarios; como por ejemplo: prioridad nacional, perspectiva de género o autogobierno.
Reconocer los conceptos esencialmente polémicos sirven evitar quedar atrapados por las connotaciones emocionales de las palabras y poder enfocar el diálogo entendiendo los conceptos y los puntos de vista de las otras personas. Una nota final, los conceptos esencialmente polémicos pueden ser conceptos maleta, como democracia, o conceptos vacíos, como Make America Great Again.
Las palabras comadreja.
Las palabras comadreja (En inglés: Weasel Words) no son conceptos, son palabras que modifican los conceptos. Las comadrejas, dicen, son capaces de chupar un huevo a través de un mordisquito y dejar la cáscara intacta, se mantiene la apariencia de huevo, pero está vacío. Esta metáfora animal se le ocurrió al escritor Steward Chaplin (1859- 1940) en el año 1900 (8).
En concreto las palabras comadreja modifican conceptos sólidos, manteniendo su apariencia de precisión para eludir compromisos reales, dejando la frase vacía de responsabilidad. Veamos un ejemplo: Estamos trabajando para ofrecer una solución definitiva lo antes posible sobre el problema del transporte interurbano. Trabajar, solución y definiivo son conceptos fuertes que emana decisión y confianza. Pero la comadreja “lo antes posible “deja abierto el lapso de tiempo puede ser desde un día a cinco años. Se ha eludido el compromiso.
Otros ejemplos:
- Autoridad anónima: Mucha gente dice… Se cree que…, Los expertos sugieren…
- Modificadores evasivos que señalan una posibilidad que no se concreta si es una posibilidad remota o casi segura: Virtualmente, posiblemente, podría ser, Ayuda a combatir la enfermedad, Hasta un 50% de descuento…
- Ambigüedad calculada: En la medida de lo posible. Dentro de un margen razonable.
En definitiva, si encuentras una palabra comadreja en un texto lánzalo a la basura. No se compromete a nada.
Los MacGuffin
Cuando el lenguaje abandona su función informativa y se convierte en una excusa para movilizar masas o generar conflicto, entramos en el terreno del MacGuffin. Un MacGuffin no es un contenido sustantivo, sino un dispositivo motivacional. Activa comportamientos, genera expectativas y justifica decisiones, aunque su significado sea irrelevante o inexistente. No importa qué es ni cómo funciona; lo único relevante es que los actores implicados crean que merece ser perseguido. El término fue popularizado por el director de cine Alfred Hitchcock (1899‑1980). Aunque la idea ya existía en la literatura, Hitchcock le dio nombre y lo usó hasta la saciedad en sus películas (9).
Los MacGuffin son los tesoros que buscan los piratas, el botín perdido del atraco que los malhechores intentan recuperar años después, los tesoros de Indiana Jones, el collar de la reina de los mosqueteros, eso que buscan en 2001: Una odisea del espacio y aún no sabemos qué es o la venganza de Kill Bill.
Pero no es sólo un recurso de ficción, un MacGuffin es ese objeto que se le lanza a un perro en el parque para que lo coja y se lo devuelva al dueño y vuelta a empezar. No importa lo que sea el objeto, una pelota o un hueso de plástico, es un MacGuffin, lo importante es que el perro corre arriba y abajo. Las noticias diarias están llenas de MacGuffins para que nosotros corramos arriba y abajo. O si no, fijémonos en los mercados de fichajes millonarios del fútbol profesional. Una cláusula de rescisión o un supuesto documento firmado funciona como MacGuffin, medios y aficionados debaten durante meses sobre su existencia, su cuantía o su validez. Sin embargo, si el jugador acaba marchándose o quedándose por otros motivos, esa cláusula desaparece del discurso. El concepto únicamente sirvió para sostener la atención, alimentar la expectativa y movilizar emociones durante el proceso.
Por desgracia, tenemos MacGuffins más dramáticos en el mundo actual: El plan nuclear de Iran, los códigos de las armas nucleares de USA, o en la política local, las mociones de censura, las posibles convocatorias de elecciones. En el campo del show bussiness, por ejemplo, los premios óscar. Excusas para discutir, tomar posición, discrepar o proponer, pero que en el fondo no son el meollo de los problemas.
En todo caso, el MacGuffin no es un objeto ni una definición precisa, sino un concepto orientado a la acción: estructura motivaciones, fija metas provisionales y da sentido aparente a comportamientos individuales y colectivos.
Conclusión
Entender la tensión entre lo que una palabra dice y lo que evoca es el primer paso para recuperar el control sobre nuestra propia comunicación. Tenemos que ir más allá y no quedarnos en la superficie de las palabras y de sus connotaciones más evidentes y llegar hasta los significados y a las funciones de las palabas. Claro que para ello hay que pensar, si te animas a ello, querido lector, un consejo: apaga el móvil por un rato.
Notas
1.- La influencia de primacía las palabas sobre la realidad está presente en muchos filósofos del siglo XX. Por ejemplo, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951), planteó que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo (Tractatus Logico-Philosophicus, 1921). Michel Foucault (1926 –1984) y Jacques Derrida (1930 –2004) influyeron decisivamente en la idea de que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la produce. Foucault mostró cómo los discursos organizan saberes y prácticas sociales, mientras que Derrida subrayó la inestabilidad del significado y el poder constitutivo de las palabras. Ambos filósofos contribuyeron a desconfiar de la noción de una realidad independiente del lenguaje que la articula y a sospechar que detrás de la realidad aparentemente plácida siempre se esconden mecanismos de poder.
2.- Emergencia climática fue la palabra del año para los editores el prestigioso diccionario de la Oxford University Press en 2009).
3.- He dedicado una entrada de ese blog a los conceptos, es ésta Prototipos mentales, o cómo hacer simple la realidad compleja.
4.- Marvin Minsky (1927-2016), fue un pionero de la inteligencia artificial y cofundador del Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT. Los conceptos maleta aparecen en Minsky, M. (2006). The Emotion Machine: Commonsense Thinking, Artificial Intelligence, and the Future of the Human Mind. Simon & Schuster.
5.- Los términos sin contenido han sido tratados por muchos filósofos. Que yo sepa, quizá el primero fue Immanuel Kant. En relación con el uso social y político de los significantes vacíos, es obligado citar al filósofo e historiador argentino Ernesto Laclau (1935‑2014), quien, en su análisis del populismo, propuso que para que un concepto pueda representar a la totalidad de un grupo muy diverso debe “vaciarse” de su significado específico y original. A partir de conceptos vacíos se puede explicar el poder y la identidad colectiva en las corrientes políticas populistas.
6.- Beck argumentaba que nuestras herramientas intelectuales actuales pertenecen a una época pasada —la modernidad “sólida” o industrial— y que ya no logran captar la complejidad de la globalización y de la modernidad tardía. Otros autores, como Zygmunt Bauman (1925‑2017), también adoptaron este término para describir la llamada “modernidad líquida”.
7.- Tengo un par de entradas en este blog que hablan de la polarización. Uno es: Sesgo grupal: cuando la afinidad deriva en favoritismo, https://jfernandezcastro.com/?p=1469, y el otro: Héroes de mi bando y villanos del rival: El sesgo que configura nuestro prisma ideológico, https://jfernandezcastro.com/?p=1444.
8- Las palabras comadreja aparecieron en el relato corto The Stained Glass Political Platform, de S. Chaplin, publicado en la revista Century Magazine en junio de 1900 y que se puede encontrar fácilmente íntegro y libremente en Internet. Es un relato humorístico sobre como redactar un programa electoral, sin comprometerse a nada.
9.- En una entrevista que le hizo François Truffaut explicó que es un MacGuffin mediante un chiste: dos hombres viajan en un tren y uno pregunta por un paquete en el portaequipajes. El otro responde que es un MacGuffin, un aparato para cazar leones en las Tierras Altas de Escocia. Cuando el primero señala que allí no hay leones, el segundo concluye: “Entonces, no es un MacGuffin”. La historia muestra que el MacGuffin es una excusa narrativa que, al final, no es nada importante.

Deja una respuesta