Trilogía del agravio (2): ¿Quién merece nuestra compasión?

En la entrada anterior (Trilogía del agravio (1): La brecha moral ) hemos visto la tendencia irresistible que tenemos a tomar partido ante un conflicto y que, en cuanto se toma, se distorsiona el juicio del daño producido, bien exagerándolo, bien atenuándolo.

Este sesgo tiene una gran importancia para definir la moralidad. Jonathan Haití (1) ha defendido que, en las sociedades occidentales, basadas en la autonomía del individuo, hay una especie de regla de oro moral que sería: haz lo que quieras siempre y cuando no hagas daño a nadie. Pero esta norma no es universal, es una especie de moral cosmopolita, sin arraigo en una cultura concreta. En realidad, según Haití, este simple principio no es el prevalente en la mayoría de las culturas del mundo en las que, además de no causar daño, hay otros fundamentos morales como la justicia, la lealtad, la autoridad o la pureza.

El daño como moneda universal de la moralidad

Aunque Haití y su trabajo tiene un gran prestigio, le ha surgido un competidor.  Kurt Gray (2), actualmente en la The Ohio State University, junto con un amplio grupo de colaboradores, sostienen que toda la moralidad humana se organiza en torno a una única estructura mental: la percepción de daño o victimización. Según Gray y sus colaboradores, las personas consideran que un acto es inmoral únicamente cuando encaja en un esquema predeterminado en el que hay una agente y una víctima, esto es una díada moral. El agente es quien realiza la acción, y al que se le atribuye intención, capacidad de actuar (agencia) y responsabilidad sobre sus actos, y se percibe como relativamente inmune al sufrimiento. Por otra parte, la víctima (pasiva) es quien recibe la acción y es percibida como un ser vulnerable, con capacidad de experimentar dolor y sufrir las consecuencias del daño recibido. Como esta teoría se basa el juicio sobre la relación entre este quien adopta el papel de agente y el que adopta el papel de víctima, una díada, se le denomina Teoría Diádica de la Moral.

La teoría diádica de la Moral de Kurt Gray y sus colaboradores.

Sin un agente intencional y una víctima vulnerable que sufre, no reconocemos un problema como «inmoral». Por ejemplo, cuando el daño que se infringe es accidental y no intencional, o cuando responde a una defensa proporcionada. Por eso, si se quiere exculpar al agente, al perpetrador, se dice que lo hizo sin querer. Pero ¿Qué pasa cuando el daño recibido es la consecuencia de las acciones conscientes de la víctima del daño? Pues entonces tampoco lo consideramos inmoral, Un ejemplo clásico de este tipo de videos de «karma instantáneo» o «el matón recibe su merecido» (un tropo extremadamente popular en internet) sigue una estructura muy clara: un personaje arrogante o abusivo que se cree superior físicamente termina enfrentándose a la persona equivocada que es un gigantón que le da una buena bofetada. En este caso, que el débil reciba un daño no se ve inmoral.

Esta teoría diádica de la moral no es solamente una propuesta, sino que ha recibido un importante respaldo empírico. Efectivamente, se ha demostrado que las personas tendemos a percibir a los otros en función de su capacidad de agencia, de actuar, y a su experiencia, capacidad de sufrir. Y que cuando más percepción de agencia, mayor exigencia de responsabilidad, mientras que a mayor experiencia de sufrimiento mayor necesidad de protección,

También se ha descrito el fenómeno del encasillamiento moral (moral typecasting). Diversos estudios muestran que tendemos a categorizar a las personas en roles morales mutuamente excluyentes. Así, cuando un individuo es percibido como un agente moral (por ejemplo, un héroe o un villano), suele considerarse que posee una mayor capacidad de acción e intencionalidad, pero una menor sensibilidad al sufrimiento físico o emocional. En cambio, cuando una persona es percibida como una víctima o paciente moral, tendemos a atribuirle una mayor vulnerabilidad, al tiempo que reducimos la percepción de su capacidad de agencia y de decisión.

Otra cuestión importante se refiere a la aparente universalidad de los juicios morales. Si, como sostiene Gray, existe una estructura moral básica compartida por todos los seres humanos, cabría preguntarse por qué observamos tantas diferencias culturales y sociales acerca de qué conductas se consideran inmorales. La respuesta que ofrece esta teoría es relativamente sencilla. Todas las personas tienden a considerar inmoral cualquier comportamiento que produzca daño a otro ser percibido como vulnerable. Sin embargo, las diferencias aparecen en la identificación de quién merece protección y es considerado vulnerable. En otras palabras, compartimos el mismo mecanismo moral, pero diferimos en nuestra percepción de la vulnerabilidad. Factores como la clase social, la nacionalidad, la religión, la ideología o la pertenencia grupal influyen en quién es considerado víctima y, por tanto, digno de protección moral. De este modo, las diferencias culturales y sociales en los juicios morales no reflejan necesariamente mecanismos morales distintos, sino percepciones diferentes acerca de quién puede sufrir daño y requiere protección.

El bucle infinito entre moral y daño.

La relación entre el juicio moral y el daño no es estática, sino que es un circuito dinámico en el que detectar daño nos lleva a juzgar que hay inmoralidad y, a su vez, cuando se juzga algo como inmoral se acaba identificando un daño. Esta dinámica se compone de dos fenómenos complementarios:

  • Identificar sufrimiento e inmoralidad. Esta identificación hace que cuando veamos a alguien sufriendo, cataloguemos automáticamente esa situación como inmoral. Un ejemplo clarísimo es el episodio de los galeotes del Quijote (Capítulo XXII) en el que Don Quijote libera a un grupo de criminales encadenados porque confunde su castigo por delincuentes con una opresión intolerable. Guiado por el ideal de socorrer a los desvalidos, el caballero ataca a los guardias del rey y suelta a los presos. Sin embargo, cuando Don Quijote les exige que vayan a El Toboso a rendir homenaje a Dulcinea en agradecimiento, los delincuentes —liderados por Ginés de Pasamonte— se niegan y responden apedreando salvajemente a Don Quijote y a Sancho Panza antes de huir.
  • Completar la inmoralidad con daño.  A veces las persones perciben algo inmoral sin que haya un sufrimiento o un daño material o evidente, pero con una fuerte intuición de su maldad. En este caso se «inventa» una víctima para completar la díada. Si consideramos que un acto es pecado o tabú, asumiremos automáticamente que alguien o algo ha sido perjudicado. Por ejemplo: la familia tradicional, los servicios públicos, los jóvenes influenciables, los pobres o el medio ambiente, la patria o Dios.
Don Quijote y los galeotes. Ilustración de gustavo Doré.

La polarización política y la percepción de vulnerabilidad.

Haití (3), al que hemos citado al principio de esta entrada, ha defendido que las diferencias en juicios morales en función de la ideología política se deben a que las personas de izquierdas difieren de las de la derecha en el peso que otorgan a cada fundamento moral. No es que tengan fundamentos diferentes a las personas de derechas, sino que los priorizan de forma diferente. Haití sostiene que la izquierda prioriza sobre todo cuidado y justicia, mientras que la derecha usa un abanico más amplio que incluye lealtad, autoridad y pureza, además de los anteriores. Sin embargo, trabajos recientes (4) han corroborado que tanto progresistas como conservadoras juzgan la inmoralidad basándose en el daño y la victimización, apoyando por ello la teoría diádica. Las diferencias políticas en los juicios morales sobre temas polémicos, como la ocupación de pisos, los desahucios, la emigración o la delincuencia, no proviene de usar «fundamentos morales» distintos, sino de a quién se considera vulnerable y víctima en cada situación concreta. Es decir que, según estos estudios, la moralidad no está fragmentada en cajones separados. Por el contrario, parece que el daño no es un mero componente de la moral, sino que es la moneda de cambio universal de la moralidad. Por lo tanto, cualquier debate ético es, en el fondo, una discusión sobre quién está sufriendo y quién tiene la culpa.

Cualquier debate ético es, en el fondo, una discusión sobre quién está sufriendo y quién tiene la culpa.

Daño físico y daño simbólico.

La aversión a permitir que un semejante sufra daño es una noble tendencia de los humanos que. en realidad, ha sido forjada a lo largo de nuestra evolución como especie. Hay datos fósiles muy interesantes que demuestran que hace centenares de miles de años nuestros antepasados cuidaban a ancianos, a enfermos y a impedidos y posiblemente esta tendencia resultó en una ventaja evolutiva puesto que los pequeños clanes de humanos tendrán unos lazos de solidaridad muy profundos que les podrían poner en situación de ventaja ante cualquier amenaza a su supervivencia (5).

Sin embargo, hay que tener muy presente que reaccionamos emocionalmente no solo ante el daño real, sino también ante las representaciones del daño. Nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno se activa tanto cuando presenciamos una agresión directa como cuando esta nos llega a través de cuentos infantiles, novelas, películas, noticias, reportajes, memes o incluso bulos difundidos en internet. En todos estos casos se pone en marcha la misma plantilla moral básica: la diada formada por un agresor y una víctima.

Quien desea manipular a los demás conoce intuitivamente este mecanismo. Por ello, cualquier discurso que aspire a obtener apoyo o simpatía procurará presentar a sus protagonistas como víctimas inocentes que sufren una injusticia causada por otros. Una vez activada esta plantilla moral, nuestra compasión surge de forma casi automática.

Pero también está claro que hay una diferencia radical entre las situaciones reales y sus representaciones. Cuando nos enfrentamos a un acontecimiento que conocemos de primera mano, podemos investigar, contrastar versiones y elaborar un juicio más informado. En cambio, cuando contemplamos una representación dependemos por completo de la información seleccionada y organizada por terceros. Vemos aquello que otros han decidido mostrarnos y del modo en que han decidido hacerlo.

Una fotografía ilustra bien este problema. Pensemos en la imagen de un policía golpeando a un manifestante, en una persona siendo desahuciada o en un migrante exhausto llegando a un país desconocido. La reacción espontánea es sentir compasión por quien parece estar sufriendo. Y es una reacción humana y comprensible. Pero esa imagen es solo un fragmento de una realidad mucho más compleja. Ignoramos qué ocurrió antes de que se tomara la fotografía, cuáles fueron las acciones previas del manifestante, las circunstancias del inquilino o la historia personal del migrante.

¿Violencia de la policía o consecuencias de sus actos?

Debemos reconocer humildemente que, cuando formulamos juicios morales a partir de fragmentos aislados de información, lo que aflora con frecuencia no es tanto nuestro conocimiento como nuestros prejuicios. Dependiendo del marco desde el que observemos la situación, identificaremos como víctima a una persona u otra. La misma escena puede suscitar interpretaciones radicalmente distintas.

En estos casos nos convertimos en víctimas de nuestros propios buenos sentimientos. Precisamente porque la compasión es una virtud, puede ser utilizada para influir en nuestras percepciones y manipular nuestros juicios morales.

Conclusiones

La plantilla moral diádica nos empuja con facilidad hacia el mito del «paciente moral puro»: una persona completamente inocente, pasiva, privada de agencia y definida exclusivamente por su vulnerabilidad.

Sin embargo, las personas reales rara vez encajan en este molde. A lo largo de su vida toman decisiones, unas veces libremente y otras bajo la influencia de circunstancias que limitan su margen de maniobra. Cuando descubrimos que una víctima consintió, eligió o asumió algún riesgo, la plantilla diádica suele sufrir un cortocircuito. De repente, deja de ser percibida como una víctima merecedora de compasión y pasa a ser considerada responsable, al menos en parte, de su propia desgracia.

Se produce así una paradoja moral. Para ser reconocida como víctima, la persona debe aparecer desprovista de autonomía, voluntad y capacidad de decisión. Pero en el momento en que se le reconoce alguna agencia, esta misma capacidad de actuar se convierte en un argumento para negarle protección, comprensión o reparación. Dicho de otro modo, se la infantiliza para compadecerla y se la responsabiliza para dejar de hacerlo.

Algo parecido ocurre con quien ocupa el papel de agresor o perpetrador. La plantilla diádica nos invita a verlo exclusivamente como la fuente del daño, pero también él es un ser humano con motivaciones, experiencias, condicionamientos y sufrimientos propios. Reconocer esta complejidad no implica justificar sus actos, sino aceptar que las relaciones humanas rara vez pueden reducirse a la oposición entre víctimas absolutamente inocentes y culpables absolutamente malvados. Por eso deberíamos preguntarnos como hace la escritora Laura Freixas si ante las situaciones de vulnerabilidad como los desahucios a señoras ancianas, no están teniendo un peso excesivo la emoción y la moral (6)

Infantilizamos a las víctimas, para poder compadecerlas.

La principal limitación de la díada moral es que simplifica una realidad que suele ser ambigua. Las personas pueden sufrir y al mismo tiempo conservar capacidad de decisión. Pueden ser responsables de algunas de sus elecciones y, a la vez, estar condicionadas por circunstancias que no controlan. Del mismo modo, quienes causan daño pueden actuar movidos por diferentes circunstancias sin dejar por ello de ser producto de una historia personal y de un contexto social determinados.

Comprender esta complejidad exige ir más allá de nuestras intuiciones morales más inmediatas. Compadecer al vulnerable no debería requerir que éste renuncie a su voz, a su voluntad, a sus contradicciones y, ni mucho menos, a sus responsabilidades. Una sociedad madura es aquella capaz de reconocer simultáneamente la dignidad, la responsabilidad y la vulnerabilidad de las personas, sin necesidad de convertirlas en ángeles o demonios para saber cómo juzgar sus actos

Notas:

1.- Haití, J., Koller, S. H., & Dias, M. G. (1993). Affect, culture, and morality, or is it wrong to eat your dog? Journal of Personality and Social Psychology, 65(4), 613–628. https://doi.org/10.1037/0022-3514.65.4.613.

2.- Gray, K., Young, L., & Waytz, A. (2012). Mind perception is the essence of morality. Psychological Inquiry, 23(2), 101–124. https://doi.org/10.1080/1047840X.2012.651387

3.- Haití, J. (2019). La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (A. Santos, Trad.). Deusto.

4.- Womick, J., Kubin, E., Goya-Tocchetto, D., Restrepo Ochoa, N., Rebollar, C., Kapsaskis, K., Pratt, S., Devine, H., Payne, B. K., Vaisey, S., & Gray, K. (2026). Liberals and conservatives see different victims: Moral disagreement is explained by different assumptions of vulnerability. Personality and Social Psychology Bulletin, 1–25. https://doi.org/10.1177/01461672241292957

5.- Ver: ¿Compartir las emociones o comprender las emociones?

6.- Laura Freixas. Maricarmen y los buitres. La Vanguardia. 17/19/2926. https://www.lavanguardia.com/opinion/20261017/11660510/maricarmen-buitres.html

2 respuestas

  1. Avatar de Jone CP

    Me he leído éstas 2 y la de la indignación, y me han gustado mucho las reflexiones, muy acordes con estos tiempos, con tantas posturas polarizadas,y tan pocas ganas de pensar en lo mejor para todos.

    1. Avatar de Jordi Fernández-Castro
      Jordi Fernández-Castro

      Muchas gracias, Jone.

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