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¿Más Salud o más Bienestar? (2): Pensando en la salud.

Esta entrada contiene la segunda parte de la conferencia que impartí en las IX Jornadas de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, celebradas en el CaixaFòrum de Madrid el 26 de junio de 2026 (1).

La salud como capacidad de adaptación

En la entrada anterior, ¿Más Salud o más Bienestar? (1): Las trampas del bienestar, criticamos la definición de salud como un estado de bienestar, porque confundir salud con bienestar puede llevar a situaciones engañosas. Más bien, deberíamos considerar el malestar como un indicador que debe interpretarse para determinar si realmente señala un problema de salud o no.

Vamos ahora a intentar definir qué es la salud. Si revisamos las definiciones de salud en un diccionario, es decir, lo que entiende una persona común y corriente por salud, vemos que existe una acepción que la define como ausencia de enfermedad, precisamente la que la OMS ha criticado por insuficiente. También existe otra acepción que considera la salud como el estado en el que el organismo ejerce con normalidad sus funciones.

Estas dos acepciones coinciden en identificar la salud como algo positivo; es preferible no tener enfermedades y que todos los sistemas del organismo funcionen con normalidad. Sin embargo, también entendemos la salud como el estado físico o mental del organismo, y desde esta perspectiva se puede tener «buena salud» o «mala salud».

Pero, claro, lo que entiende la gente por salud y lo que entiende un especialista no tiene por qué coincidir. En 1986, durante la Conferencia Mundial para la Promoción de la Salud (2), la OMS puntualizó que la salud no es un objetivo en sí mismo, sino un requisito para tener la capacidad de gestionar la vida cotidiana. Se trata de un concepto positivo que acentúa los recursos sociales y personales, así como las capacidades físicas y mentales. Es decir, la salud es un recurso imprescindible para adaptarse al entorno y progresar. Este punto de vista no modifica la definición de 1948, sino que la desarrolla.

En 2022, en su informe sobre la salud mental en el mundo, la OMS (3) definió la salud mental como un estado de bienestar mental que permite a las personas afrontar los momentos de estrés de la vida, desarrollar sus capacidades, aprender y trabajar adecuadamente, y contribuir a la mejora de su comunidad. Se sigue identificando bienestar con salud, pero se añade un aspecto importante: el bienestar permite la adaptación al entorno y el desarrollo personal. Por lo tanto, el bienestar que no facilitase la adaptación al entorno no sería saludable, como defendimos en la entrada anterior.

En mi opinión, la mejor definición de salud mental es la de Silvana Galderisi (4), quien considera que la salud mental es el estado de equilibrio social y conductual de una persona con su entorno sociocultural, que garantiza su participación social, su capacidad para afrontar dificultades y su adecuada percepción y juicio de la realidad y de sí misma, permitiéndole alcanzar el bienestar y una buena calidad de vida.

Esta definición introduce una novedad muy importante: el bienestar no es la salud, sino una consecuencia de ella. El bienestar es el objetivo que se alcanza cuando se tiene salud, no el punto de partida. El concepto de equilibrio también es relevante, ya que recuerda la idea de funcionamiento normal, medio o frecuente, en la que cualquier desviación significativa hacia uno u otro extremo puede resultar poco saludable.

Abriendo la maleta de la salud

La salud es, en mi opinión, lo que se denomina un concepto maleta (5). En términos generales y sin precisar demasiado, todos entendemos qué es la salud. Sin embargo, cuando intentamos concretarla, cuando abrimos esa maleta conceptual, aparecen distintos conceptos más específicos que se relacionan entre sí de forma compleja.

Veamos cuáles son algunos de los conceptos contenidos en la maleta de la salud:

• Ausencia de enfermedad

Es la definición mínima de salud. La OMS la considera parcial e insuficiente, pero constituye el objetivo mínimo que debería alcanzarse: curar o paliar las enfermedades.

• Funcionamiento adecuado del organismo

El funcionamiento «normal» no significa que sea lo correcto, sino simplemente lo más frecuente. La variabilidad humana es un rasgo positivo. El problema aquí consiste en definir los puntos de corte que diferencian la variabilidad normal de una anomalía.

• Capacidad y autonomía

Este es un aspecto muy importante de la salud. A veces la enfermedad no implica pérdida de autonomía, pero en otras ocasiones sí. Las bajas laborales por incapacidad temporal o las evaluaciones del grado de dependencia reflejan este concepto de salud entendido como capacidad para ser autónomo y poder cuidarse, trabajar o mantener una vida social.

• Bienestar subjetivo

Del bienestar subjetivo ya hemos hablado. A estas alturas debería quedar claro, espero, que la salud implica cierto grado de bienestar, aunque no necesariamente en todos los casos.

En definitiva, todos estos aspectos son importantes y están relacionados entre sí. Sería un error reducir la salud exclusivamente a uno de ellos. Sin embargo, según el contexto, alguno de estos aspectos puede pasar a un primer plano.

¿Atención a la salud o al malestar?

Y aquí llegamos al punto clave: la salud es un derecho fundamental, pero el malestar no lo es. El malestar es una evaluación subjetiva, una queja o una señal. El bienestar, por su parte, es una aspiración personal que cada individuo construye a su manera.

El objetivo 3 de desarrollo sostenible establecido la ONU en 2015. Habla de garantizar la salud, pero sólo de promover el bienestar. La diferencia es clara.

¿Quiere esto decir que estoy proponiendo ignorar el malestar? No, en absoluto.

El malestar siempre debe ser escuchado, pero pensando en la salud. Debe ser atendido, aunque no debemos asumir que la solución pasa siempre por la psicoterapia o la atención psicológica. La experiencia australiana del programa Better Access (6) mostró precisamente esta limitación: grandes inversiones en acceso universal a la psicoterapia produjeron beneficios significativos únicamente en los casos más graves, mientras que no tuvieron un impacto poblacional relevante ni mejoraron los indicadores sociales de salud mental. Lo que ocurrió fue que la mayoría de las personas con malestar emocional acudieron a las primeras sesiones y abandonaron rápidamente el tratamiento.

Por ello, conviene atender al malestar distinguiendo entre tres grandes tipos de causas:

1. Malestar asociado a trastornos mentales

Los trastornos graves e incapacitantes requieren atención especializada, continuada y basada en la evidencia.

2. Malestar por falta de recursos psicológicos

Muchas personas con malestar emocional no padecen ninguna enfermedad mental. Simplemente necesitan herramientas para afrontar los problemas de la vida, como psicoeducación, regulación emocional, habilidades sociales o estrategias de toma de decisiones.

3. Malestar causado por el entorno

A veces el problema no está en la persona ni en su actitud, sino en el contexto. El ejemplo paradigmático es el estrés laboral. En estos casos, el problema reside en el diseño de la organización del trabajo, no en quien sufre dicho estrés. Lo mismo puede decirse de los entornos escolares y educativos, del entorno familiar o de la disponibilidad de recursos y ayudas sociales para grupos desfavorecidos.

No podemos medicalizar ni psicologizar problemas que tienen raíces organizativas, educativas, familiares o comunitarias. Un entorno que genera malestar y estrés no se transforma únicamente enseñando resiliencia a quienes lo padecen; también es necesario intervenir sobre el propio entorno.

Conclusiones para psicólogos

En conclusión, la sustitución de la palabra salud por bienestar puede parecer inocente, pero tiene consecuencias profundas. Los psicólogos no somos distribuidores de bienestar ni simples validadores del malestar.

Nuestro trabajo consiste en ayudar a las personas a afrontar problemas, desarrollar autonomía, prevenir trastornos y promover la salud.

Por eso creo que debemos reivindicar, sin complejos, que la psicología trabaja por la salud en todas sus dimensiones: prevención, detección precoz, rehabilitación, adaptación y desarrollo personal.

No estamos aquí únicamente para ayudar a las personas a sentirse bien. Estamos aquí para ayudarlas a vivir mejor sus vidas, incluso cuando sentirse bien no sea posible. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, lo cambia todo.

Notas.

1.- He tratado el tema de la Salud y el Bienestar en diversas entradas de este blog: Estar bien o no estar bien: La salud mental pública., Salud no es bienestar., Salud: ¿Cuestión de actitud o producto de las condiciones sociales? y Salud mental: ¿Víctimas del Estigma o Falta de actitud? En esta conferencia recogí ideas desarrolladas en esos blog y las sinteticé y, en la entrada correspondiente a la primera parte presenté una definición de bienestar y malestar, mientras que ahora presento una definición de salud.

2.- Organización Mundial de la Salud. (1986). Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud. Conferencia Internacional sobre la Promoción de la Salud, Ottawa, Canadá.

3.- Organización Mundial de la Salud. (2022). Informe mundial sobre la salud mental: transformar la salud mental para todos. Resumen ejecutivo. Organización Mundial de la Salud. https://iris.who.int/handle/10665/356118

4.- Galderisi S. The need for a consensual definition of mental health. World Psychiatry. 2024 Feb;23(1):52-53. doi: 10.1002/wps.21150. PMID: 38214632; PMCID: PMC10785984.

5.- Ver la entrada: ¿Importan las palabras o importan los conceptos? Una reflexión sobre el lenguaje y el poder

6.- Evaluation of the Better Access initiative — Final report. Department of Health and Aged Care, Australian Government. https://www.health.gov.au/resources/collections/evaluation-of-the-better-access-initiative-final-report.

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